Voces del tiempo

En pocos meses el tercer disco de No Te Va Gustar ya llegó al Disco de Platino, fue saludado por el público montevideano en un espectáculo músico-visual apoteósico en el Velódromo y viene obteniendo excelente repercusión de crítica y público en Argentina.

Junto a la carrera paralela y hermana de La Vela Puerca, este tercer paso discográfico es una confirmación para esa veta de música uruguaya pos Mano Negra: ambos grupos evolucionan, su popularidad persiste o aumenta y trasciende el impacto sobre una generación en particular.
Siempre en paralelo con La Vela, este tercer trabajo está “semideslatinizado”. Hay representaciones aisladas de murga (con una pizca tanguera), samba bahiano y zamba argentina. Pero ya no hay salsa ni candombe, y aumentó el componente de rock británico (beatlero en particular), superando incluso la presencia de ska y reggae. Otra marca de la banda reducida a un mínimo es el montaje por corte entre llevadas rítmicas contrastantes (una herencia, quizá, de la movida de “pop latino” liderada por Los Fatales), que surge únicamente en “Cielo de un solo color”. No hay un sonido global artificialmente delimitado: cada surco es un viaje, con su propio clima, tímbrica, referencial genérico y alcance (desde el refrán apto para el agite multitudinario hasta la situación introspectiva). Todo el tiempo se sirven condimentos tímbricos llamativos (una trompeta haciendo growling, un tabla hindú, una balalaica, la preciosa combinación de instrumentos del interludio de “Adiós”).
Las músicas son todas de Emiliano Brancciari y/o de Mateo Moreno. Mantienen el perfil de una expresión sencilla, directa, donde el componente “canción” importa mucho. Los recursos sencillos están manejados con pericia, para que unos mínimos desvíos de la normalidad ganen el máximo relieve y efecto (el giro mixolidio de “Solo”; el cruce del hipermetro de cuatro compases en el estribillo de “Al vacío”; las frases no-cuadradas de “Voces del tiempo”; el quinto grado rebajado en “Reevolución”). “Cielo de un solo color” termina con un giro repetitivo a lo Jaime Roos, pero se diferencia de Roos en obviar totalmente la pisada en la tónica, quedando más volado y abierto. “Difícil” está construido sobre armonías elementales, pero en tres tonalidades distintas: sigue sonando sencillo pero evita la monotonía.
El regreso cíclico del sonido a lluvia refiere al título del dc: Aunque cueste ver el sol, que perfectamente podría haber servido para titular un disco de El Sindykato hace treinta años. No es el único componente de una retórica que en otros contextos sería acusada de envejecida. “No te quiero acá” trabaja la oposición entre la soledad del poderoso y la vida del artista (“te gustaría tener mi guitarra/ no me interesa tener tu sillón”) que usaba Vinícius de Moraes en los años sesenta. Hasta la revolución surge aquí, reformulada como “reevolución”, junto a las amenazas dirigidas a los culpables y la convicción de que “el que está arriba irá abajo/ no va a quedar ni uno suelto”. Los textos nunca tienen escenografías y personajes netamente definidos. Casi todas se dirigen de un “yo” hacia un “tú” que puede ser la otra parte de una relación íntima, o un representante lejano del poder, o incluso el cielo o el sol endiosados. Se alternan una carga de soledad e incertidumbre con un espíritu de patota y la confianza en un desenlace positivo, y la buena onda predominante no inhibe la expresión de sentimientos rencorosos (“que toda tu vida te mate la culpa de haberme robado una parte del alma”).
La cocina rítmica de la banda es una de las más solventes del rock uruguayo, con la poderosa guitarra rítmica de Brancciari, el bajo virtuoso de Mateo Moreno, la percusión precisa de Gonzalo Castex y Pedro Abdala, a los que se suma un trío de vientos (Martín Gil, Denis Ramos y Mauricio Ortiz). Este dc tiene la realización más refinada lograda por el grupo (está grabado en el estudio porteño Del Cielito y cuenta con la excelente producción de Tito Fargo d’Aviero, ex Redonditos de Ricota). La gráfica, a cargo de Matilde Campodónico e Ignacio Benedetti, es elaborada y de excepcional buen gusto.

Guilherme de Alencar Pinto

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